Categoría: Gastronomía
16 Junio 2006
La primera vez que estuve en Montreal me sorprendió y esta vez lo volvió a hacer el encontrarme en cada planta del hotel una máquina expendedora de hielo picado (gratis).
Ayer Fuco me regaló una pequeñita y manual para los calores estivales y se me empezaron a ocurrir un montón de ideas... me falta una pequeña ayuda del chef pero ya estoy deseando estrenarla, y más con los vasos "ice cream social" con-pajita-incluida que se trajo también del American Store (lo bueno de vivir en una gran ciudad).
Me queda pendiente una visita a la tienda para ver si tienen leche malteada. Menudos granizados vamos a hacer.
servido por María
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15 Junio 2006
José abandonó el campo hace casi cincuenta años para marcharse en busca de un futuro mejor a la ciudad. Las distancias de entonces no son las de ahora y su vida, que estuvo siempre unida a la tierra, de repente quedó atrás en una lucha por la prosperidad, darle formación a los hijos, comprar una casa y no depender del cielo para ver algo de dinero a final de mes.
Pero con los años, su tierra, donde se crió, queda demasiado lejos para un jubilado como él. Además allí ya apenas le quedan amigos y, de todas formas, su vida ha terminado haciéndola en el barrio de bloques de cemento y parquecito, que se ha convertido en el lugar de encuentro de otros que como él emigraron a la ciudad.
Ahora, con mucho más tiempo libre, ha vuelto a encontrarse con el hazado, los tomates, las lechugas y algún que otro capricho. Y no ha tenido que volverse al campo. No le ha tocado la lotería pero casi: una parcelita que podrá cultivar durante cinco años, en plena ciudad de Barcelona, en el Raval, donde antiguamente se encontraba la huerta que había junto al monasterio de Sant Pau del Camp.
La historia de José podría ser la de cualquiera de los más de 168 jubilados que disfrutan de un "huerto urbano" en Barcelona gracias a una iniciativa que el Ayuntamiento viene impulsando desde 1995.
Huertas urbanas por sorteo
Las 50 parcelas de la masía Can Mestres, en la Zona Franca del distrito de Sants- Montjüic fueron las pioneras entre los huertos urbanos que impulsa el Ayuntamiento a través del Instituto de Parques y Jardines. La tierra, que se obtiene por sorteo, implica un compromiso de trabajo sin utilizar pesticidas y ofrece a cambio, media vida y una mejora comprobada de la salud en estos ancianos.

El programa de participación de la red de huertos urbanos, destinado a las personas jubiladas en el caso de Barcelona, tiene tres objetivos principales: recuperar espacios urbanos para el uso público; proporcionar a las personas jubiladas un espacio para cultivar, con los consiguientes beneficios físicos y psicológicos que implica esta actividad y acercar las escuelas al conocimiento del mundo agrícola. Las escuelas de la zona visitan estos huertos y se les explican las técnicas utilizadas y el ciclo de crecimiento de las hortalizas.
Aunque se trate en muchos casos de una recuperación simbólica para el mundo agrario, estos huertos facilitan la regeneración de las zonas de la ciudad en la que se encuentran. Suponen una nueva interpretación del espacio público que implica a los vecinos además de introducir elementos de otros espacios en princpios antagonistas a la ciudad como es el campo.
Además de Barcelona, otras ciudades como Vigo, Madrid o Sevilla están implantando el modelo. En el caso de Valencia, por ejemplo, el programa de la Universitat d'Estiu de l'Horta enseña a los alumnos a trabajar la huerta además de arrendar estos espacios no sólo a jubilados sino también a jóvenes con pocos ingresos.
Los tomates de José serán también los de otros muchos que como él ven ahora la ciudad más cercana, menos agreste, menos gris. Y para los viandantes que tengan la suerte de caminar por los lares, será una nueva forma de asomarse a lo urbano, a través del verde de las parcelas.
Artículo escrito para la revista Volúmenes
servido por María
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31 Mayo 2006
La propuesta de un almuerzo en Montreal difícilmente se puede rechazar. Mi anfitrión (no tiene ni idea de cuánto agradezco el gesto) me lleva a un "very good restaurant" pero no podía imaginarme cuán bueno podía ser.
En mis caminatas de estos días me había sorprendido la arquitectura del edificio que contrastaba con las casas típicas de Sain-Denis: colorista, con juego de volúmenes y grandes ventanales donde se combinan el acero y el cristal. Pero por dentro me esperaba mucho más disfrute (y no sólo en lo arquitectónico).
L'Institut es una escuela de hostelería situada en el Plateau Mont-Royal. Cruzar la típica puerta de gimnasio de película yanqui pero pintada de amarillo me encantó: hacer fuerza para mover tan pesado armatoste para pasar a un recibidor espacioso y muy luminoso. Pero no podía imaginarme cómo iban a ser los platos a pesar de los nombres de la carta.

Me dejé aconsejar por Benoit y los propios camareros y me di un festín con el menú del día, disfrutando como una enana con los sabores, la mezcla de texturas y la presentación. Exquisito. Una delicia que tuvo como recompensa un paseo por el mirador del Mont-Royal y las casas de ensueño de la zona más rica de Montreal.
Después, me perdí en la sección de cocina (¡¡¡y qué sección!!!) de una de las librerías más grandes de la ciudad, en plena Rue Saint-Catherine: Chapters. Tuve que contenerme muchísimo.
servido por María
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31 Mayo 2006
En los viajes, junto con un las monedas, un libro de cocina propia del lugar, es imprescindible llevarse una imagen de cómo discurre la vida en el mercado.
Algo que ya practicaba de pequeña, cuando mis padres me llevaban al mercado de Atarazanas, en Málaga, en mis múltiples visitas a los médicos; que volví a retomar en aquel viaje a Melilla (nunca podré olvidar la sonrisa del señor del bogavante) y que disfruto con Rodrigo en cada una de nuestras salidas.
Un mercado habla de la gente, de la ciudad, de la economía, de la cultura... Y pasear por el de Jean-Talon, abierto las 24 horas, es, cómo no, una delicia. Llaman la atención la verdura y la fruta, perfectamente colocadas y compitiendo en perfume con los muchos puestos de flores y plantas que se suceden por la explanada.

Pero Jean-Talon es también el lugar donde encontrar la carne, el pescado, el pan, todo lo imaginable en torno al chocolate, una boutique de especias y aceite de oliva y un rincón para las delicias "salvajes", por ejemplo.
Cuesta contenerse ante tanta belleza y tanto que escoger mientras pienso lo acertado de la oferta de Benoit de traerme al lugar donde hace su compra diaria, aquí en el barrio de Little Italy donde vive junto con portugueses, italianos, bolivianos y peruanos en su mayoría.
servido por María
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30 Mayo 2006
Estar en una ciudad bilingüe pero eminentemente francófona tiene un problema: el francés. Claro que es un problema relativo.
Anoche decidí probar unas verduras a la plancha en La Brioche Lyonnaise que, aunque está especializada en repostería, también me la habían recomendado por sus especialidades para cenar y comer.
La carta era muy sugerente pero olvidé comprarme un diccionario de bolsillo francés aunque llevo encima uno en inglés para sacarme de los apuros.
Así que mi mente se formó una idea equivocada de lo que iba a ser mi cena y al final resultó mucho más contundente de lo que creía... (y también muy rica).
servido por María
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29 Mayo 2006
Pongamos por ejemplo la Rue Saint-Denis, que atraviesa la ciudad de norte a sur, desde Mont-Royal al Old Port casi. Una terraza se sucede a otra, una tienda tras otra y así, de modo aleatorio, puedes ver un restaurante francés, italiano, peruano, mexicano, español, indio, pakistaní, chino... Una auténtica locura que hace que decidir termine siendo lanzar una moneda al aire.
Mi incursión grastronómica quebequesa empezó hace cinco años probando las exquisitices de Henri Picard. Estos días ando buscando precisamente la Fir Jelly para llevar de vuelta, con su particular sabor a ambientador (según decía Andrés) y su color verde.
Esta vez recorro las calles indagando cada una de las variedades gastronómicas, sorprendiéndome una vez más por tantísima oferta, disfrutando de ver las terrazas llenas y dejándome envolver por olores y sabores de cualquier parte del mundo.

Para empezar, un casi "brunch" en el Plateau- Mont Royal: huevos, beans, bacon, patatas asadas, té y unas rodajas de melón, pomelo y piña. Pero irremediablemente tuve que seguir los consejos de Gladys y hacer una parada en L'Académie, un restaurante italiano francés al que puedes llevar tu propia botella de vino.
La combinación Italia-Francia es bastante frecuente en los bistros de la ciudad. Aquí me dejé aconsejar y probé unos tallarines realmente buenos. Lo mejor: el inmenso cuenco de madera en el que traían el queso rallado y te servían, eso sí, después de bautizar el plato con un poco de pimienta recién molida.

En un mismo día pasé de Francia a Italia con unos vasos de sangría por en medio al son de la música en directo del hermano de Eric. Los sones del violín al estilo de Goran Bregovic me llenaron de energía y no pude negarme a compartir una cena con la hermana de Benoit y un amigo en Chinatown.
Después de dos años en Corea no pueden pasarse más de una semana sin ir a comer a un restaurante coreano. ¿Cómo iba a resistirme?. Las delicias que cubren la mesa son una mezcla explosiva en donde las especias terminan dominándonos y haciéndonos llorar y moquear con gusto. Me encantó.
Hoy quizás pruebe una brasserie que me recomendó la hermana de Benoit... pero de momento, me voy a dedicar a pasear.
servido por María
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