Por fin llueve. Es un lujo estar en la cama y oir cómo cae el agua, sin más sonido que ése, sin otra distracción que remolonear entre las sábanas y una estrenada colcha de otoño.

En este momento se me olvida el sueño que he tenido. Me olvidé de la tarde de ayer, de centro comercial, tráfico y atascos. No de la sesión de bicicleta ni de los experimentos chocolateros del chef.

Por fin llueve y huele a tierra húmeda. No durará mucho: parece que ya esta tarde las nubes se irán mediterráneo arriba. De momento es una pena tener que estar aquí encerrado en vez de ahí fuera, disfrutándolo.