Siempre da pereza deshacer la maleta. Ir recomponiendo los trazos del viaje por la ropa que llevé cada día, por los recibos de las comidas; las entradas al cine o los mapas que guardé. Incluso por los jabones del hotel que también quedaron para el recuerdo.

La ilusión de llenarla se convierte en nostalgia del tiempo vivido, de los días que ya quedan en el recuerdo de Montreal... pero qué bonito haberlos vivido.

Se resiste a vaciarse esta vez, como queriendo decir que sigue preparada para una nueva partida.