Duele ver mi pueblo destrozado por los ladrillos;
multiplicarse los campos de golf donde el agua es un lujo;
la gente irresponsable, la que arroja basura desde sus coches;
la música alta a deshoras.

Sorprende, sin embargo, el bullicio constante,
la proliferación de tiendas, bares, restaurantes...
y sobre todo edificios... y coches.

Aunque tranquiliza pensar que algunas cosas, por ejemplo, no cambiarán (espero):
los atardecederes en Kreneaguía,
el manto verde de la sierra
y las tapas de ensaladilla.