Lo cotidiano a veces hace rutinarios ciertos elementos que en cualquier otro contexto nos asombrarían o, cuanto menos, nos llamarían la atención.

La costumbre me hizo ver como algo normal los carteles que anuncian, sólo en inglés, los menús del día de los bares y restaurantes de los pueblos de la Costa del Sol. Dentro de mi imaginario figuraban esas pizarras grandes en las que se leía English Breakfast al tiempo que la consabida paella, el gazpacho o el pescadito pescaíto frito.

Pero mis días de playa también contaron desde que tengo memoria con la imagen de los primeros top less de extranjeras jóvenes y también mayores, sin que aquello nos escandalizara nada, aunque sí llamara nuestra atención.

La curiosidad también se saciaba con las avionetas que frecuentemente se hacían un hueco entre las gaviotas con carteles inmensos en los que veíamos la programación del Tívoli World; letreros que ahora te tienen al tanto de las últimas promociones inmobiliarias que todavían acechan el poco suelo que queda libre en la costa. Pero era una imagen también habitual.

El olor del salitre siempre se ha sumado a los de coco, zanahoria y potingues variados con los que untan las pieles broncedas esas legiones de cuerpos tirados en toallas, hamacas y colchonetas.

Además de las pelotas, palas, cubos, petanca y hace mucho menos, esas tablas con las que recorrer la orilla haciendo una especie de surf.

Hoy hay que seguir sorteando a bañistas, turistas, intrépidos jugadores de fútbol, raquetas varias y demás cachivaches que pueblan la orilla en un largo paseo hasta llegar al lugar deseado, aquél en el que plantar la sombrilla.

Hoy, además, hay que armarse de cualquier herramienta válida para dar caza y entierro a las miles de medusas que colonizan un agua transparente, calmada y a la espera de un buen chapuzón que se ve frustrado.

Y aún así... me sigue gustando la playa.